AA (Alcoholicos Anónimos y yo)

De no ser por la curiosidad periodística que me lleva a leer cuanto cartel me encuentro en La Habana —y que me llevará a leerlos en otras partes del mundo algún día—, no habría descubierto la sesión que viví de espiritismo real.

El espiritismo real no es ese que trae muertos del pasado, ni el que hace palpable la presencia de seres del más allá. El espiritismo real es el que nos hace enfrentarnos a nuestros demonios, los más ocultos, o lo más evidentes.

Jamás se me habría ocurrido mirar a los carteles de la Iglesia de mi pueblo porque, realmente, no soy devoto. Sin embargo, el anuncio era tan pequeño, con caligrafía tan discreta y colores tan apagados por la intemperie, que debía ser una trampa diseñada para capturarme.

Un par de refranes vinieron a mi mente pero, ¿para qué hacerles caso?

«Quien no oye consejos, no llega a viejo»

No importó. Antes de percatarme ya estaba leyendo el cartel por segunda vez:

«Sesión de Alcohólicos Anónimos. Martes, Jueves y Sábado 7:00 pm»

¡Había dado en el clavo! En la escuela me pedían un trabajo periodístico sobre algún proyecto comunitario que estuviera relacionado con la religión y ante mí tenía una posibilidad real de concretar una buena historia. Se trataba de cómo la Iglesia Católica impulsaba el proyecto de Alcohólicos Anónimos aunque hasta ese momento solo lo conocía de nombre.

El sábado siguiente una compañera de equipo de la escuela y yo nos presentamos en la iglesia y encontramos la reja de entrada cerrada con un candado digno de Alcatraz. Con la misma caligrafía que me llevó al descubrimiento días atrás, había un cartel que indicaba «Sesión de AA. Toque el candado».

Con tres golpes discretos del candado en la reja logramos que pareciera un hombre humildemente vestido y de tez oscura.

—¿Vienen a Alcohólicos Anónimos?

Le explicamos brevemente lo que necesitábamos para el trabajo escolar y nos autorizó a pasar. Atravesamos el pórtico de la Iglesia, gótica hasta la raíz, y desde diestra y siniestra se posaron con benevolencia sobre nuestros rostros las miradas de varias vírgenes y santos. De frente a la puerta, al final del largo pasillo secundado de bancos, está un altar dorado sobre el que se yergue Jesucristo, pulcramente vestido, extendiendo su mano derecha con la bendición. A la izquierda la Virgen María benevolente, limpia, sencilla. A la derecha alguien que debe ser San José, mirando al Hijo. Para no ser devoto conozco bastante bien la Iglesia.

Extrañados, mi compañera y yo miramos a todas partes a la espera de encontrar la sesión de Alcohólicos Anónimos. La iglesia está aparentemente vacía. El hombre nos hace una seña y lo seguimos.

Justo a la derecha de la entrada hay una angosta escalera que sube girando de manera vertiginosa. Al llegar al segundo piso, oculto para mí hasta el momento, nos encontramos un pequeño espacio con algunos banquillos.

Hay diez hombres, a lo sumo. Reconozco el rostro de uno de ellos: es un importante poeta local, ha ganado concursos internacionales y es muy joven. Veinticinco años como máximo.

—Hoy es el día de la familia y los invitados —me dice el que nos abrió la puerta— pueden observar y hacer las preguntas que quieran. Nos reservaremos de contestar las que queramos.

Luego se va hasta una pequeña tribuna delante de los banquillos y da por iniciada la sesión.

Me siento incómodo. La atmósfera es densa, está cargada por una niebla de nicotina y el aroma de un café que solo alcanzo a olfatear. Llevo un celular en mi bolsillo, y solo puedo pensar que alguno de aquellos hombres podría intentar robármelo en algún momento. Lo pongo en silencio y trato de ocultarlo lo mejor que puedo.

Casi puedo sentir la mirada acusadora del Cristo en el altar.

«No me juzgues. Son alcohólicos»

Y como forzada a voltear la cabeza ante mi pensamiento prejuicioso, la Virgen María me lanza una mirada hosca. Por un momento me siento como los que crucificaron al Señor.

—Buenas tardes —dice el hombre desde el estrado—. Mi nombre es Alberto, y soy alcohólico.

Nunca imaginé que alguien empezaría una intervención de esa manera.

—Buenas tardes Alberto —responden todos a coro.

—El tema de hoy, es la familia —continúa el hombre, y señala un pizarrón en la pared.

Mi compañera de aula me mira. La pizarra debía ser nuestro próximo objetivo: tenía un detallado cronograma de actividades previstas por la sociedad secreta para el mes en curso. Su mirada es clara: una mezcla entre «¿qué hacemos aquí» y «esto es una joya». Le hago una seña de que esperemos a que termine la sesión.

Mis sentidos comienzan a adaptarse al entorno. Escucho la voz de Alberto en el estrado. No lo oigo, no, lo escucho: cuenta una desgarradora historia de vida.

Hacía tres años que estaba sobrio y aún su hijo mayor no le dirigía la palabra. Su esposa lo había dejado tras imponerle una denuncia por maltrato y se quedó sin trabajo. Todo por el alcohol.

La historia de Alberto me llega a lo más hondo pero, sobre todo, estoy sorprendido por la transformación que él ha sufrido: del humilde proletario que me dio la bienvenida al orador elocuente que cautiva desde el pequeño estrado.

No sé si es un talento natural, o si se trata del ambiente, que les da fuerza. Quizás se trata del poder sanador del anonimato.

A los quince minutos ha habido tres intervenciones. Cada cual igual de buena que la anterior. No titubean en decir las verdades, en contar las historias de las que han sido protagonistas. Algunos son artesanos, otros trabajan en lugares serios.

Hay quien asegura que no ha bebido en una semana y que está desesperado por probar de nuevo el alcohol. Hay otros que están orgullosos de su prolongada abstinencia: cinco, quince, hasta veinte años. Dos meses. Cada día es un nuevo día sin alcohol. Abstenerse 24 horas es la meta inicial y la más difícil.

Si la televisión transmitiera en directo las sesiones de Alcohólicos Anónimos no harían falta esos anuncios risibles que pretenden alejar a la gente de las drogas.

El último es Mario. Es poeta, escritor y alcohólico. Ha ganado concursos y no ha cumplido los 25 años. Compone décimas a los Cinco y tiene una peña literaria en la Casa de Cultura.

—La poesía me salvó. Y Alcohólicos Anónimos también —dice.

Tiene una hija pequeña. Bueno, ya no tan pequeña. Recién ha vuelto a decirle papá y ha dejado de esconderse bajo la cama cuando él llega.

—Cuando descubrí que para mi hija era un monstruo… —la voz se le corta. Casi puedo sentir el nudo en la garganta, y mi compañera disimula una lágrima.

Mario baja la cabeza. Queda en silencio unos segundos y luego la levanta.

—Ahora tengo la frente en alto y no me importa decir que soy alcohólico.

La salita estalla en aplausos. No sé por qué, pero también estoy aplaudiendo. A mi lado, mi compañera se seca las lágrimas y sonríe. Me lanza una mirada cómplice y lo entiendo todo.

Se termina la sesión. Hacemos algunas preguntas de interés para nuestro trabajo periodístico y conversamos un momento con el coordinador del grupo.

Desciendo las escaleras con una ola de gratitud hacia el cartel que me llevó a descubrir la sesión. Estuve frente a frente con el espiritismo real y descubrí que la mejor manera de matar nuestros demonios es aceptando que forman parte de nuestro ser.

La escalera es igual de angosta que cuando la subí pero ya no me importa. Me despido de todos y les aseguro que asistiremos el próximo sábado para terminar el trabajo. La sesión de “Doble A”, como le dicen a Alcohólicos Anónimos, ha concluido aparentemente. Cada día es una prueba para ellos.

Desde el altar la figura del Cristo me mira complacido. Hasta él se da cuenta que soy mejor persona. Y María, por primera vez en la noche, arquea los labios en una sonrisa.

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