Milan Kundera: la insoportable levedad de la escritura

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Milan Kundera, escritor checo que reflexiona sobre la escritura desde un punto de vista filosófico

Entre mis descubrimientos literarios del tiempo reciente se encuentra Milan Kundera. Se trata de un autor peculiar aclamado en el mundo entero y que se perfila como especie de cronista de realidades de Checoslovaquia.

Kundera, un escritor de un estilo poco común, en cuyos textos confluyen ciertos relatos de la vida diaria de sus personajes con metáforas filosóficas y pasajes oníricos, es autor de textos como La insoportable levedad del ser, La broma, y El libro de la risa y el olvido, del que me auxilio para compartir ciertos pensamientos del creador sobre la escritura.

Para Kundera «escribimos libros porque nuestros hijos no se interesan por nosotros. Nos dirigimos a un mundo anónimo porque nuestra mujer se tapa los oídos cuando le hablamos». Continue reading “Milan Kundera: la insoportable levedad de la escritura”

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Poe y la escritura: siete consejos

poemas_de_amor_de_edgar_allan_poeRecuerdo cuando era más adolescente( 😀 ) que en cada foro al que entraba me ponía como nick “Dark Poe”. Fue la fiebre de Edgar Allan Poe, que llegó en esa etapa de mi vida, cuando me leí Los crímenes de la calle Morgue, Corazón delator y el poema El cuervo.

Así que hoy, en las redes sociales, compartieron un post sobre los consejos de escritura de Edgar Allan Poe y, como no pude resistir la tentación, acá están con algunos de mis comentarios: Continue reading “Poe y la escritura: siete consejos”

Mi primera novela

Resulta que cuando tenía 12 años me decidí a escribir mi primera novela, inspirado por ese gigante moderno de literatura infanto-juvenil que se llama Harry Potter.

Pero vayamos un poco antes: desde los tres años comencé a leer, y a los nueve me había leído mi primer libro: El Principito. Hacer cuentos, tejer historias e inventarme tramas siempre me gustó, eso sí, solo con fines literarios, nada de mentiras.

Sin embargo, cuando terminé de leer Harry Potter y la piedra filosofal me decidí: «Esto es lo que quiero hacer». Y comencé por inventarme un nombre para el protagonista del próximo éxito literario a nivel mundial escrito, lógicamente, por un niño de 12 años.

Primero, mi protagonista se llamaba Larry Foker, no sé si les parece mucho a otro nombre. La historia comenzaba con el robo de un banco por unos hombres-lobo. ¿Creativo no? Pues no fue ésa mi primera historia, ¡para nada! Escribí la primera página —con una letra grandota— y luego me aburrí. No me sentía lo suficientemente inspirado.

Con el paso de los días, y al conocer más de la saga escrita por J.K. Rowling más y más deseos tenía de escribir mi propia novela, de ser yo el dueño de los destinos de cada personaje, de manipular los acontecimientos a mi antojo. Y así nació mi verdadera primera obra literaria: Dalila y los cálices de la inmortalidad.

Se la mostré a una amiga y aquello le pareció «lo más ingenioso de las letras españolas después de algunos títulos de Salgari y Dumas». Imagínense que a esa edad los libros de aventura son «lo último en producción» como se dice en Cuba, y leer una obra con magia, escrita en un lenguaje sencillo y, además, tener al autor cerca para tirarle de las orejas fascinó a mi compañera.

El problemita es que ella no sabía nada de Harry Potter. Tal vez la pregunta sea ahora cuál es la relación de Dalila… con Harry, y por qué es importante el detalle de que el niño mago fuera desconocido para mi primera lectora.

Pues la clave está en el argumento de Los cálices de la inmortalidad:

Dalila era una bruja, estudiaba en una escuela de magia, tenía varita mágica, entraba a una cámara secreta persiguiendo erróneamente a un profesor que resultó ser «el bueno» al final y, por si fuera poco, la pelea con su enemigo le dejó una cicatriz…en el vientre.

Era un libro corto y, aunque no era copia exacta del mundo de Rowling, los parecidos eran demasiado…parecidos.

Pero la historia de Dalila, mi brujita de 14 años con piel canela, no terminó ahí. El folleto hecho con hojas de mis cuadernos escolares que contenía el primer volumen pronto tuvo un compañero: Dalila y los príncipes de Egipto.

En ese último me esforcé mucho más e investigué de costumbres antiguas para crear la fascinante historia de una ciudad hundida —¡ups, copia dela Atlántida!— y tres faraones que Dalila debía enfrentar para rescatar a su novio.

Los príncipes de Egipto fue un boom para mi compañera, quien lo devoró durante una jornada en la escuela.

«¿Y la tercera parte?» me dijo. Y como supondrás comencé a escribirla hasta que mi padre, enemigo acérrimo de Harry Potter, J. K. Rowling y hasta los Jedi —que no pertenecen a esta historia pero también, según él «son de mentira»—, me cortó las alas diciéndome que el libro era interesante pero una copia, que necesitaba poner «más cosas de verdad».

Ahí caí en una depresión tan profunda que me hizo escribir mi secreto mejor guardado: La Cruz de Diamantes, una novelucha rosa en plena Revolución Francesa. Pero esa es otra historia.

A Dalila la rescaté cuando tenía 15 años: de bruja la convertí en hada, rehice la escuela, creé nuevos personajes; pero ya no era lo mismo. Seguía siendo muy pottérico, y no está mal, solo que es mejor tener su propio sello.

El primer manuscrito de mi hechicera lo perdí entre las cajas de libros que atesoro en casa, aunque aún conservo Los príncipes de Egipto. No es gran cosa, pero leerlo a cada rato me llena de fuerzas e inspiración para seguir manteniendo engavetadas mis novelas hasta que me toque la varita de un editor…o un mago.